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La historia de Thomas Sydenham
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Thomas Sydenham nació en Inglaterra en septiembre de 1624. Realizó sus estudios en la Universidad de Oxford, que se interrumpieron por la guerra civil pudiendo volver a iniciarlos sólo vario años después. Si bien debido a sus ideas políticas no pudo ingresar al Royal College of Physicians, quedó etiquetado, para la posteridad como el Hipócrates inglés, magno título que se le otorgó por ser considerado el mayor representante de la medicina inglesa. 

Solía recomendar la lectura del Quijote y se mostraba como un gran insatisfecho para con la medicina de su tiempo que, en palabras de Laín, era de un galenismo residual, iatromecánica y aitroquímica. Sydenham quería aproximarse a la experiencia clínica y por eso postula un retorno a Hipócrates y al contacto con la realidad del enfermo tal como se ofrece a los sentidos. Su intención programática era la de exponer los fenómenos de la enfermedad sin fundarlos en una hipótesis forzada. 

Mediante los planteos metodológicos de Francis Bacon y de John Locke, quiso describir de forma inductiva las ‘especies morbosas’, apartándose de los perjuicios teóricos y aproximándose a una nosografía y una nosotaxia empírica. Para él, los medicamentos debían conseguir de manera rápida aquello que la naturaleza hace de forma lenta. Su botiquín rudimentario consistía apenas en roborantes (hierro y quina), evacuantes (antimonio, mercurio y jalapa), algunos sedantes y narcóticos y, por supuesto, el opio, haciéndole honor a su propia frase, ‘de los remedios que le ha dado Dios al Hombre para aliviar su sufrimiento, ninguno es tan universal y eficaz como el opio’. 

Describió el cuadro clínico de la gota, que él también padecía, y de otras enfermedades como la sífilis, la disentería y la viruela. Introdujo el hierro en el tratamiento de la anemia e ideó varios opiáceos, como el láudano. En 1676 describe la corea aguda infantil, que lleva su nombre. Hoy se considera que la patología moderna tuvo su inicio cuando las observaciones clínicas se separaron de los prejuicios teóricos para asentarse en la observación por sí misma, tarea a la cual Sydenham se aplicó con seriedad y convicción. 

Sin ser ni un erudito ni haber dejado una gran obra escrita, sus méritos como médico práctico le valieron un gran renombre y que sobre su epitafio repose la inscripción ‘Medicus in omne aevum nobilis’ (algo así como médico noble para toda la eternidad). 



historia + medicina + infecciosas + infectologia

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Fecha: 08/08/2011 17:46
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Autor: Anónimo
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